El camino somatoemocional

por Amanda García

dom

28

feb

2016

El componente emocional de los problemas físicos

¿Qué hay detrás del dolor crónico? ¿por qué a veces una lesión parece sanarse de inmediato y otras veces sigue molestándonos mucho tiempo después de haberse curado? ¿qué hay detrás de la ansiedad? ¿Y de la depresión? ¿Por qué a veces un acontecimiento que parece insignificante nos irrita tanto? ¿Por qué hay asuntos del pasado que persisten en nosotros, desgastando nuestras energías sin que consigamos soltarlos?

 

La respuesta a estas preguntas casi siempre está en nuestro mundo emocional. Nuestro cuerpo emocional es inseparable del cuerpo físico, y su energía no es tan sólida como las estructuras corporales pero, como la materia, tiene también distintas densidades, una extensión e intensidad de vibración determinadas, y un efecto directo sobre nuestro cuerpo físico y nuestro bienestar o, lo que es casi lo mismo, nuestra capacidad para disfrutar de la vida.


Por ejemplo, imaginemos que Pedro está tranquilo, pero resbala y sufre una caída; su cuerpo se encuentra libre y flexible para recibir ese impacto y podrá dispersar la vibración del golpe; en este caso la lesión física remitirá en menos de un mes con sanación completa. Ahora supongamos que Pedro está paralizado por el miedo justo antes de resbalar. Su cuerpo se encuentra tenso sosteniendo las emociones de Pedro, y no dispondrá de todos sus recursos para recibir y dispersar eficazmente el impacto; en este caso, el resultado de una caída por lo demás idéntica a la anterior será una lesión que seguirá causando molestias o dolor durante meses o incluso años después del accidente. Vemos ejemplos de este tipo de traumatismo con emoción intensa en los latigazos cervicales, los accidentes, los episodios de violencia, las secuelas del parto, las lesiones deportivas y muchas otras situaciones.

 

Otras veces las emociones operan de una forma más callada, con discreción y constancia. Por ejemplo, el miedo al fracaso, el enojo por no sentirme comprendido, o la angustia de no llegar a fin de mes, generan una vibración frecuente que puede afectar la movilidad normal de, por ejemplo, nuestros riñones, inmovilizando ciertas zonas de la fascia renal, la cual ejercerá una tensión continua sobre las articulaciones pélvicas, causando con el tiempo un dolor crónico en la cadera o el cóccix. Son emociones que muchas veces no queremos ver ni conocer, pero este desconocimiento no impide que actúen sobre nuestro cuerpo, al contrario, todo lo que opera por debajo de la conciencia tiene mucho más poder que aquello que puedo ver, entender y, eventualmente, dominar. Por ello, todo lo que no recuerdo, no veo, o no me atrevo a sentir tiene tanta o más influencia sobre mí y sobre mi salud que aquello que traigo cada día a flor de piel.
 

Todos podemos ir transformando nuestros círculos viciosos en círculos bondadosos, es sólo cuestión de echarle mucha autohonestidad, una pizca de valor y un montón de paciencia. Hay muchas formas de autoconocimiento; es bueno que cada quién elija la suya, la que yo tengo más a mano siempre es la meditación activa, es decir, calmar en cualquier momento del día el diálogo mental para poner la atención en mi cuerpo físico, emocional y más allá. Conocer a fondo mis turbulencias hasta que se revela de dónde vienen y las falsas creencias en las que están basadas. Cuando esto sucede, el huracán da paso a una serena claridad. Todo el proceso depende de nosotros, aunque siempre es bueno obtener guía y apoyo en algunas partes y momentos del trabajo personal. Necesitamos al otro como espejo para ver nuestros ángulos ciegos y, además, abrir el corazón a otro ser humano tiene premio. Hay muchas formas eficaces de dar y recibir apoyo. Mi preferida es la que elegí como arte y oficio, la Terapia Cráneo Sacra con Liberación SomatoEmocional, una técnica manual suave y profunda que nos permite sentir qué lugares físicos hospedan tensiones y conflictos emocionales no resueltos, a fin de ayudar a identificarlos, clarificarlos y liberarlos. En la Liberación SomatoEmocional utilizamos el diálogo, y en él escuchamos lo que dicen los tejidos mientras la persona habla. Su cuerpo nos va guiando hacia donde es más significativo, facilitando así un viaje casi siempre revelador por las profundidades de su mundo emocional. Es la magia de la escucha cuando ésta se lleva más allá de las palabras.

 

Es bueno tener presente que nosotros no somos nuestros conflictos sin resolver, pero no podemos ignorar que ellos forman parte de nosotros. Es bueno atravesarlos con valor y profundizar en ellos, sin perder nunca de vista que son parte del equipo, pero no son el todo. Nuestra esencia, lo que realmente nos hace únicos y valiosos, siempre está ahí. A veces no podemos sentirla porque nuestros problemas escondidos acaparan gran parte de nuestra atención y energía; pero la esencia está ahí, esperando tranquila, paciente, amorosa y, por supuesto, divertida. No puede perderse, pase lo que pase, y hay pocas experiencias tan liberadoras como la de tomar conciencia profunda de esta verdad. Nadie es perfecto, pero todos somos únicos.

 

Amanda García

 

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